Se preguntó un día el célebre teólogo y ecumenista suizo Hans Küng cuál habría sido la postura de la Iglesia ante el mundo de las religiones si el Concilio Vaticano II no hubiera tenido lugar, sobre todo con la declaración Nostra aetate, que ahora cumple 60 años, sobre las religiones no cristianas, que revolucionó el enfoque y la forma en que nos referimos a los que profesan otra fe:
Si este Concilio no hubiera tenido lugar, las demás religiones del mundo habrían seguido siendo para la Iglesia Católica objeto sobre todo de discusión negativa, de polémica y de estrategias misioneras de conquista. Seguiríamos viviendo en un clima de hostilidad sobre todo respecto a los musulmanes especialmente los judíos .El antisemitismo nacional-socialista condicionado por la raza hubiera sido imposible sin el secular antijudaísmo religioso de las Iglesias cristianas. Pero para el Vaticano II todos los pueblos forman una comunidada con sus distintas religiones: intentan responder de manera diferente a los mismos interrogantes fundamentales acerca del sentido de la vida.
No es cosa de resumir los muchos avances, teóricos y prácticos, de la Iglesia Católica, desde Pablo VI a León XIV, especialmente con el papa Francisco, por otra parte tan conocidos. El papa actual ha situado el encuentro con otras religiones como una prioridad de su pontificado: Los principios y el espíritu de la Nostra aetate son igualmente relevantes, si no más, en nuestro tiempo. (…) Es una tarea sagrada para toda la humanidad: mantener viva la esperanza, mantener vivo el diálogo y mantener vivo el amor en el corazón del mundo.